Sus mujeres

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Catalina del Puerto
 Madre del capitán Juan Sebastián de Elcano
 

Elcano confiaba plenamente en su madre, una mujer que había tenido que sacar adelante a nada menos que ocho hijos en ausencia de un padre del que poco sabemos. Es a ella a quien nuestro capitán dejaba en su testamento [1] el control de sus bienes, y la supervisión del cuidado de sus hijos Domingo y María, tenidos con María Hernández de Hernialde, vecina de Guetaria, a la que siendo moza virge hube, y con María de Viudaurreta, vecina de Valladolid, respectivamente. Elcano no se casó con ninguna de ellas.

Para Catalina del Puerto tuvo que ser muy duro el momento en que recibiera la confirmación de la muerte de su hijo Juan Sebastián, embarcado en 1525 nuevamente hacia la Especiería en la expedición de Loaysa, porque además en aquella expedición iban también sus hijos Martín Pérez de Elcano, Ochoa Martínez de Elcano, y Antón Martín de Elcano, junto con su yerno Santiago de Guevara. Ninguno de ellos regresó.

 

Los primeros supervivientes de la expedición de Loaysa llegaron en 1534, nueve años después, y doña Catalina fue informada entonces del destino fatal de sus hijos. De hecho, es muy probable que estos fueran los portadores del testamento de Juan Sebastián de Elcano, firmado con letra tremulosa por nuestro capitán en mitad del océano Pacífico.

 

Enferma en la cama y con mucha necesidad [2], Catalina del Puerto pleiteó con el fiscal para conseguir recibir el sueldo y mercedes debidas a Juan Sebastián. Este tenía fijada una paga vitalicia anual de 500 ducados de oro con la que el emperador Carlos V quiso recompensarlo por sus méritos en la expedición de la primera vuelta al mundo, que sin embargo no había llegado nunca a percibir. Además de ello, más tarde obtuvo una merced suplementaria de otros 1.000 ducados como prima por asumir el puesto de Capitán Mayor en la armada de Loaysa, que marchó sin haber cobrado [3].

En aquel pleito testificaron expresamente en favor de doña Catalina, Juan de Mazuecos y Vicente de Nápoles [4], que junto con Arias de León habían conseguido ser los primeros en regresar a España de aquel dramático viaje, viajando desde India hasta Lisboa a bordo de la nao portuguesa Flor da Mar. Contestaron a las preguntas que el fiscal quiso hacerles en relación con todos sus hijos.

El Emperador quiso zanjar la deuda a Juan Sebastián de Elcano en marzo de 1535, ordenando que se pagara a doña Catalina del Puerto 200.000 maravedís, atendiéndola de forma inmediata con 20.000, y el resto repartido en los tres años sucesivos [5]. Aunque se trataba de un importe muy elevado, calculamos que no llegaba a ser siquiera un quinto de todo lo que se le debía.

 

En 1536 regresó a España Andrés de Urdaneta, aquel chico de la vecina Villafranca de Ordicia que había quedado admirado por Juan Sebastián de Elcano, y había querido embarcar con él en la expedición de Loaysa. Había firmado como testigo el testamento del capitán, y estuvo presente en el momento de su muerte. Regresó once años después de su partida a bordo de la nao portuguesa São Roque, trayendo a su hija Gracia, nacida en las Molucas de madre indígena. No hay nada escrito sobre ello, pero no sería lógico dudar de que Andrés de Urdaneta, al volver a su tierra natal, se ocupara de informar detenidamente a doña Catalina sobre lo que ocurrió con sus hijos.

En 1538 Catalina del Puerto nombraba a un nuevo apoderado para reclamar el sueldo de sus hijos Martín Pérez de Elcano y Ochoa Martínez de Elcano [6]. Nada obtuvo. Muchos años después, en 1553 y 1554, constan sendos documentos en que nombraba heredero a su nieto Rodrigo de Gainza y le otorgaba poderes para seguir reclamando en su nombre [7].

 

Por desgracia, doña Catalina falleció al cabo de algunos meses. Rodrigo de Gainza continuó pleiteando, pero en un documento poco posterior se refería ya a ella como su abuela difunta. Este documento no tiene fecha, pero quedó anotado al pie que fue recibido en Valladolid el 23 de mayo de 1555. [8]

 

Referencias:

[1] A.G.I.,Patronato,38,R.1

[2] A.G.I.,Indiferente,422,L.16, fol. 190v.

[3] A.G.I.,Patronato,40,N.1,R.5, fol. 12r

[4] A.G.I.,Patronato,40,N.1,R.5, fols. 30r-31r.

[5] A.G.I.,Indiferente,422,L.16,F.186V-191R.

[6] A.G.I.,Patronato,37,R.37.

[7] El de Martín Pérez de Elcano en A.G.I.,Patronato,40,N.1,R.5, fols. 10r-11r. El de Ochoa Martínez de Elcano en mismo documento, folios 14r-15r.

[8] A.G.I.,Patronato,40,N.1,R.5, Bl. 8, fol. 8r.

 
Beatriz Barbosa
 Esposa del capitán Fernando de Magallanes
 

Fernando de Magallanes llegó a Sevilla desde Portugal en octubre de 1517. Por entonces, uno de los portugueses mejor posicionados allí era Diego Barbosa, noble y comendador de la Orden de Santiago que ocupaba desde hacía años el cargo de alcaide de las Atarazanas y Reales Alcázares, quien enseguida le prestó apoyo. Barbosa tenía dos hijos, llamados Jaime y Beatriz, a la que Magallanes empezó a mirar con buenos ojos.

Todo se sucedió bastante rápido para nuestro capitán, porque el rey Carlos I llegó desde Flandes a Asturias en febrero de 1518, y solo un mes después le otorgaba las conocidas como Capitulaciones de Valladolid [1], o el contrato por el que se le nombraba capitán general de la armada a la Especiería. Así, Magallanes y Beatriz Barbosa no tardaron en contraer matrimonio. No tenían tiempo que perder, dada la próxima partida de la expedición, así que mientras esta se organizaba tuvieron un niño, al que llamaron Rodrigo, y de nuevo ella quedó embarazada de un segundo hijo.

Se conservan tres documentos formalizados ante escribano relativos a su casamiento fechados el 14 de junio de 1519: una carta de pago de Magallanes a su suegro por 300.000 maravedís a cuenta de los 600.000 que le debía por la dote de su hija [2], la carta de dote de Diego Barbosa y su mujer María Caldera a su hija [3], y una carta de arras otorgada por Magallanes a su esposa por valor de 2.000 ducados de oro [4].  

El diez de agosto de 1519 las cinco naos partieron desde Sevilla para detenerse a continuación en Sanlúcar de Barrameda durante 41 días. Magallanes sin embargo se encontraba en Sevilla firmando su testamento algunos días después [5]. En él dejaba bien protegida a su mujer, a quien además consiguió que la Casa de Contratación le fuera pagando su sueldo mientras se prolongara el viaje, algo que no ocurría con las familias del resto de expedicionarios. Tras su marcha, nunca más volverían a verse.

A los pocos meses sucedió una gran desgracia, pues Beatriz perdió al bebé que esperaba, no sabemos si prematuramente o poco después de nacer. En la documentación que conocemos no hay rastro posterior de este niño.

El capitán general encontró la muerte el 27 de abril de 1521 en Mactán (Filipinas), en un combate que entabló con los indígenas. Esa noticia tardaría más de un año en llegar a Sevilla, cuando arribó la nao Victoria. Sin embargo, el 6 de mayo de 1521, tan solo unos días después del fallecimento de Magallanes, se producía la paradoja de que Beatriz Barbosa recibía noticias esperanzadoras de su marido con la llegada a Sevilla de la nao San Antonio, que había puesto rumbo de vuelta a España desde aquel estrecho que llevaría para siempre el nombre de su esposo.

Los de la San Antonio traían buenas y malas noticias para Beatriz Barbosa. Lo bueno era que su marido había descubierto lo que parecía ser el paso por mar hacia el otro lado de América y, al menos cuando eso ocurría, todavía seguía vivo. La mala noticia era que su tripulación dio cuenta de grandes abusos de autoridad por parte de Magallanes [6], que había llegado a desterrar a su suerte en la Patagonia al capitán Juan de Cartagena, perteneciente a la nobleza burgalesa y quien era nada menos que familiar de alguien muy poderoso: Juan Rodríguez de Fonseca, al que los Reyes Católicos habían confiado fundar la Casa de Contratación de Indias de Sevilla.

Mal enemigo se había creado Magallanes con aquella decisión. La reacción de Fonseca al enterarse de esto fue furibunda. Escribió una orden a los oficiales de la Casa de Contratación [7] —me ha puesto en tanta turbación la maldad que ha hecho...—, en la que ordenaba que mientras no se esclareciera el asunto se suspendieran los pagos a Beatriz Barbosa y que se la pusiera bajo vigilancia, con el fin de que no pudiera abandonar Sevilla.

Durante este mismo año de 1521 la desdicha se cebó con Beatriz Barbosa, pues sufrió el más duro revés posible con el fallecimiento de su pequeño Rodrigo. Ella misma murió algunos meses más tarde [8]. Le llegó la hora en 1522, antes de que regresara la nao Victoria y pudiera saber de su marido.

Tras su llegada a Sevilla en septiembre de 1522, el capitán Elcano en persona se ocupó de entregar una palma artesanal hecha con clavo e hilo, diciendo que se trataba de un regalo para doña Beatriz de parte de Jorge Morisco [9], quien consta en las listas de embarcados como "esclavo" de Magallanes y ejerció de intérprete en la expedición. Jorge había quedado en la isla de Tidore junto con el resto de compañeros de la nao Trinidad, y quiso tener aquel bonito detalle con ella. Lo que no pudo sospechar es que cuando la palma llegara a su destino, tanto él mismo como su destinataria ya habrían fallecido.

Como vemos, fue una muy triste historia la de la familia de nuestro capitán Fernando de Magallanes.

Referencias:

En general, el documento que más datos aporta sobre Beatriz Barbosa es A.G.I.,Patronato,36,R.2 Autos de Jaime Barbosa y sus hermanos, herederos de Fernando de Magallanes, con el fiscal, sobre el cumplimiento de la capitulación hecha por el rey con aquel para el descubrimiento de la Especiería. Se trata de un largo expediente que reúne diferentes legajos sobre el proceso abierto por su hermano para conseguir cobrar lo debido a Magallanes, que contiene además el testamento del capitán general.

[1] A.G.I.,Indiferente,415,L.1, fols.18v-20r

[2] AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 9125P, Folios 127v-128v

[3] AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 9125P, Folios 126r-127r

[4] AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 9125P, Folios 129r-130r

[5] A.G.I.,Patronato,36,R.2, fols. 29-36.

[6] A.G.I.,Patronato,34,R.15

[7] A.G.I.,Indiferente,420,L.8, fols. 294r-295r

[8] A.G.I.,Patronato,36,R.2, fol. 1r.

[9] A.G.I.,Contratación,5090,L.4

 
Juana Durango
 Esposa del capitán Juan Rodríguez Serrano y madre del paje Francisco
 

Una mujer tan fuerte como enamorada de su marido. Esa fue Juana Durango, a quien la llegada de la nao Victoria le trajo noticias duras, pero también un resquicio para la esperanza al que siempre se aferró, y por el que luchó de tal manera que no solo el Emperador tuvo noticias de ella, sino también el rey Juan III de Portugal, además del mismísimo Hernán Cortés, y los gobernadores portugueses en Asia. Pasamos a contar su historia.

Su marido era uno de los hombres más destacados de la expedición, el veterano piloto de la Casa de Contratación Juan Rodríguez Serrano [1]. Aunque él había nacido en Fregenal de La Sierra (Badajoz) [2], ambos vivían en Sevilla junto con un hijo y al menos dos hijas. El varón se llamaba Francisco, y en realidad era hijo solamente de ella, por lo que podemos sospechar que Juana había enviudado de un matrimonio anterior. Antes de partir, su marido fue nombrado capitán de la menor de las naos, la Santiago, y quiso embarcarse con su hijastro Francisco, que ejerció como paje en el mismo navío [3].

Dado que esta nao era la más maniobrable y tenía menor calado, Magallanes la envió como avanzadilla a explorar por delante en solitario mientras los demás permanecían en el Puerto de San Julián, en la Patagonia. Serrano descubrió entonces el río de Santa Cruz, pero sobrevino una fuerte tempestad en la que la nave encalló contra las rocas seis leguas al sur de la desembocadura [4] y se deshizo, pudiendo ponerse a salvo todos, excepto una persona que falleció. Más tarde se les dio rescate, y Magallanes dio a Juan Serrano la capitanía de la nao Concepción. Era un puesto que había quedado vacante tras la ejecución de su anterior capitán, Gaspar de Quesada, por ser uno de los cabecillas del motín contra Magallanes, que ya había tenido lugar en el Puerto de San Julián.

​La armada prosiguió viaje, descubrió el estrecho, atravesó el océano Pacífico y arribó a las que después serían llamadas islas Filipinas. Allí terminaron recalando en Cebú, una localidad con una importante población en la que trabaron amistad con su rey local Humabón. Al poco, sucedió la muerte de Magallanes y a continuación Humabón urdió una traición contra los nuestros, invitándoles a comer. Serrano y la mayoría recelaban de ello, pero tras una insinuación de cobardía por parte de Duarte Barbosa (familiar de Beatriz Barbosa) fue el primero que saltó a tierra para acudir [5].

Los que permanecían en las naos, sin saber qué pasaba, oyeron un gran griterío y vieron cómo los indígenas portaban a Juan Serrano hasta la orilla, herido, desnudo y maniatado diciéndoles que habían matado a los demás, y entre ellos a su hijo Francisco. Pidieron rescate por él, pero al serles entregado no soltaron al capitán. Volvieron a hacerlo de nuevo, sin resultado, por lo que comprendieron que lo que pretendían era tomar las naos. No tuvieron más remedio que emprender la huida, dejándole allí, y pidiéndole que les perdonase. Tenemos diferentes versiones del comportamiento de Juan Serrano en este episodio, desde la de Pigafetta, que le dejaba maldiciendo al piloto Carvalho por marchar, hasta la de Oliveira, en que era él quien heroicamente pedía a los demás que marcharan por no ser causa de un mal mayor.

Cuando la nao Victoria llegó a Sevilla en 1522, los expedicionarios supervivientes tuvieron que dar tristes noticias a muchas familias, pero el caso de Juana era especialmente trágico. Más allá de los sentimientos que pudo tener por ello, se le creó un problema y es que, al no ser dado por muerto su marido, ella perdía el derecho a cobrar su sueldo como heredera. Mientras los familiares de los fallecidos fueron compensados por el trabajo de sus hijos y padres, Juana debería ingeniárselas para salir adelante.

​En 1526 Hernán Cortés enviaba desde Nueva España a su primo Álvaro de Saavedra al mando de una expedición de tres navíos hacia el Maluco. En el documento con las órdenes a seguir, incluía acudir al rescate de Juan Serrano como uno de los objetivos a cumplir:

 

Trabajareis de llegar a la isla de Cebú, y en ella tomar lengua si son vivos Juan Serrano, piloto, y otros que con él fueron presos en la dicha isla, y si fueren vivos, rescatárloseis [6].

Como es evidente, el Emperador había informado a Hernán Cortés del caso de Juan Serrano, y le pidió que aprovechara su expedición para buscarlo. Pero además, también quiso involucrar en su búsqueda al rey Juan III de Portugal, quien escribía en febrero de 1527 así a sus gobernadores y capitanes en Malaca y en el Maluco [7]:

El Emperador […] me escribió haciéndome saber que por parte de una Juana Durango, vecina de la ciudad de Sevilla, le fue hecha relación de que un Juan Serrano, su marido, por su piloto de la armada que mandara ir a la continuación del tratamiento de la especiería de que fue por capitán general el comendador Magallanes, fue hecho preso y cautivo en la isla de Cebú por los moradores de ella, y que de allí fue llevado por cautivo al rey de Lozón, donde dice que está al presente. […] Trabajaréis para traerlo o enviarlo a nuestros reinos.

​Como vemos, el Emperador hablaba de Juana Durango al rey de Portugal, y este atendió lo que se le pedía. Por otro lado, la fecha de este documento da que pensar que quizás esa información novedosa que refería Juan III, en la que decía que Juan Serrano fue llevado por cautivo del rey de Lozón, pudiera habérsela proporcionado a Juana Durango el capitán de la nao Trinidad, Gonzalo Gómez de Espinosa, quien había sido liberado por los portugueses muy poco antes. ¿Tuvo Espinosa alguna noticia de Juan Serrano en los años que pasó cautivo en Asia? Es una cuestión que desconocemos, pero no sería descabellado que sí. Lo que al menos parece fuera de duda es que Juana Durango se pudo entrevistar con él en Sevilla en cuanto supiera de su regreso.

Un mes después de que el rey de Portugal enviara esa carta, Juan Durango ofrecía a Fernando Suárez, tesorero general de Portugal, 150 ducados de oro como rescate por su marido dado que, según afirmaba, estaba cautivo de moros en las Indias de Portugal [8]. Los fiadores de esta fuerte suma fueron Gonzalo Rodríguez y Beatriz de Atienza, viuda de Pedro Durango (quizás hermano de Juana).

Después de esto, constan diferentes documentos en los que Juana Durango reclamaba a través de sucesivos apoderados [9] que se le pagara el sueldo debido a su marido, así como doce quintales de clavo que afirmaba habían venido a su nombre en la nao Victoria, y otros doce que habían quedado en la nao Trinidad. En este fragmento queda patente su precaria situación económica [10]:

Juana de Durango, mujer de Juan Rodríguez Serrano, piloto de V.A., de Sevilla, dice que puede haber doce años poco más o menos que el dicho su marido pasó en la armada de Hernando de Magallanes, capitán de la armada de la especiería, y en todo este tiempo el dicho su marido está en servicio de vuestra alteza en aquellas partes donde la dicha armada fue. Y al tiempo que partió en la dicha armada dejó en la dicha ciudad a la dicha mujer e hijas con harta pobreza y necesidad, y después han venido en mucha más, en tanta manera que, si por amor de Dios no se lo dan algunas personas honradas, no comen ella ni sus hijas. Pide y suplica a V.A. que, considerando su pobreza y fatiga que han pasado de hambre ella y sus hijas desde los dichos tiempos a los dichos doce años, la manden dar […] siquiera para mantenerse, quince mil maravedís para ella y sus hijas, que han bien necesidad, en cada un año.

Carlos V ordenaba a la Casa de Contratación de Sevilla en enero de 1531 ser informado de los importes debidos a Juana Durango, atendiendo a la petición que ella había formalizado [11]. Se abrió entonces un proceso con el fiscal [12], en el que se involucró al armador Cristóbal de Haro, aunque no nos ha llegado completo y en cuyo último documento, de mayo de 1536, Juana todavía seguía reclamando lo que le correspondía. Dos años más tarde, en 1538, realizaba la última gestión de la que tenemos noticia otorgando un poder a Hernando de Ávila para que tratara de conseguir que el Consejo de Indias le abonase el salario anual de 1.500 maravedíes, que correspondía recibir a su esposo como piloto de la Armada del capitán Fernando de Magallanes [13].

 

Con este documento se diluye la historia de doña Juana, sin que sepamos qué terminó siendo de ella. Aunque decía que no firmaba por no saber escribir, esta gran mujer había conseguido mover a dos imperios para que se localizara a su marido, y nunca cejó en pelear por lo que era suyo.

Referencias:

[1] A.G.I.,Contratación,5784,L.1, fol. 9

[2] PT/TT/CC/2/101/87, fol 1v. A.N.T.T. Corpo Cronológico, Parte II, mç. 101, n.º 87

[3] A.G.I.,Contratación,5090,L.4

[4] Crónica de Fernando de Oliveira o Manuscrito de Leiden.

[5] Ibídem

[6] A.G.I.,Patronato,43,N.2,R.5, fol. 4r

[7] PT/TT/CC/1/35/108 A.N.T.T. Corpo Cronológico, Parte I, mç. 35, n.º 108.

[8] AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 3268P

[9] Figuran cinco nombramientos como apoderados en AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 39P, 1532P, 52P, 54P y 1073P

[10] A.G.I.,Patronato,35,R.7,Bl.2, fol 1r

[11] A.G.I.,Indiferente,1961,L.2, fols. 86v-87

[12] A.G.I.,Patronato,35,R.7

[13] AHPSE/1.1.2.1.1.1// Protocolos Notariales, 1073P

 
Juana de Paradiso
 Esposa del piloto Francisco Albo
 

 

Francisco Albo era el piloto de Elcano en la nao Victoria y, por ello, uno de sus principales oficiales a bordo como experto en navegación. Aunque castellanizó su nombre, él era natural de Axio, una localidad ubicada en la isla griega de Chíos, en el mar Egeo, y vecino de Rodas [1]. Estaba casado con Juana de Paradiso y ambos tenían al menos un hijo, llamado Batista.

 

Albo recibió fama, dinero y honores tras su llegada a Sevilla. Elcano lo eligió para acudir a entrevistarse con el Emperador en Valladolid y, junto a él, se le tomó testimonio de lo sucedido durante el viaje ante el alcalde Santiago Díaz de Leguizamo [2], el cual resulta ser uno de los documentos más relevantes que se conservan sobre la expedición. De igual modo, recopiló en un extraordinario documento el conocido como Derrotero [3] del viaje.

 

Carlos V quedó fascinado con la historia que le contaron, y asignó a Albo una gratificación de 50.000 maravedís al año para toda su vida [4] —aunque nunca terminó de ver satisfechos estos pagos—. Por otra parte, por el sueldo devengado durante la expedición y el clavo que se trajo, llegó a percibir de la Casa de Contratación de Sevilla 274.580 maravedís, que le fueron abonados en tres veces (el 9 de marzo y el 1 de octubre de 1523, y por cuaresma de 1524) [5]. Fue por tanto uno de los tripulantes mejor pagados. Así, Albo y su familia pudieron llevar una vida holgada.

 

Lo que fue de él posteriormente es un misterio. De hecho, llama mucho la atención que, a diferencia de la mayoría de sus compañeros supervivientes del viaje, no participara como testigo en la Junta de Elvas – Badajoz [6], celebrada en 1524 entre expertos portugueses y castellanos para tratar de dilucidar la pertenencia del Maluco a uno u otro reino, en virtud del Tratado de Tordesillas.

Solo contamos con un eco lejano de lo que fue de él, y es una carta de pago [7] firmada por su hijo Batista en el año 1536. En ella comprobamos que Francisco Albo ya había fallecido por entonces en Sevilla —da la impresión que se estableció en Sevilla tras su regreso— y que su viuda, doña Juan de Paradiso, se había trasladado después a Mesina (Italia).

 

Además, esta carta, de la que aquí mostramos su transcripción, refuerza la hipótesis de que, aunque Albo había nacido en Grecia, probablemente fuera de ascendencia genovesa, no solo porque su esposa terminara por marchar a Italia, sino por su vinculación con el consulado mercantil genovés de Sevilla.

El hijo de Juana y Francisco se ocupó como legítimo heredero de recoger el dinero que su padre tenía en Sevilla, que ascendía por entonces a 35.000 maravedís, y del que afirmaba que una parte correspondía a su madre. 

 

Referencias:

[1] A.G.I.,Contratación,5090,L.4, fol. 42r

[2] A.G.I.,Patronato,34,R.19

[3] A.G.I.,Patronato,34,R.5

[4] A.G.I.,Contaduría,425,N.1,R.1, fol. 153

[5] A.G.I.,Contaduría,425,N.1,R.1, fol. 2r

[6] A.G.I.,Patronato,48,R.15

[7] AHPSe, Sección Protocolos Notariales, 52 (1536, mayo...), F. 970

 
Catalina Vázquez, Isabel Méndez y Francisca Vázquez
 Madre y hermanas del escribano Martín Méndez
 
 
Isabel de Rodas
 Esposa del maestre Miguel de Rodas
 
 
Catalina Martínez del Mercado
 Primera esposa del marinero Ginés de Mafra
 
 
Catalina López
 Esposa del marinero Juan Rodríguez
 
 
Beatriz Martín de la Camacha
 Esposa del marinero Francisco Ruiz
 
 
Inés Ramírez
 Hija del marinero Sebastián García
 
 
Isabel Rodríguez
 Esposa del grumete Alonso Fernández
 
 
Marina Rodríguez
Esposa del marinero Pedro García de Trigueros
 
 
Catalina García
 Madre del paje Vasquito, y esposa del piloto Vasco Gallego